miércoles, noviembre 16, 2005

CARTA A UN AMIGO

AMIGO: Me dices que tienes dudas, que lo medular está en cómo traer a Jesús a tu vida, cómo creer en esa persona y una relación que puede ser imaginaria y que vivió hace 2005 años.
No tengo recetas para hacerte creer o vivir a Jesús.
Jesús tampoco la tuvo. Unos lo amaron y lo siguieron, otros lo odiaron, otros fueron indiferentes.
Yo sólo sé que es por algo que está más allá de recetas y razones. Es por ese misterio que esconde todo amor. Una mirada, un abrazo, un encuentro, una palabra. No se puede demostrar el amor. A Jesús tampoco. ¿Es imaginación como tu dices? También lo puede ser el amor. Es algo que está más allá de lo que podemos razonar y explicar, pero igual es certeza. Vemos sus efectos, sus frutos, y vamos enamorándonos a partir de experiencias. De amor y de fe.
Me gustaría más bien contestarte con las mismas palabras de Jesús en su parábola del hijo pródigo. Que tan bien representa lo que ha sido mi vida. Y tal vez la de tantos.

El hijo mayor

Yo fui ese hijo mayor, tratando de ganarme al Padre, cumpliendo, pero sin corazón. Sin sentirme de verdad amada. Trataba de portarme bien para ganar su amor, mi paga. Y mientras más me esforzaba, menos sentía... ni me sentía amada. Además del cansancio, me daban rabia sus exigencias, y me frustraban mis pocos logros. Junto al miedo, sentía rencor a este Dios que se negaba a amarse gratuitamente... Y culpa por sentir rencor. Ese Dios era más parecido al amor humano, que a un Dios. Y muy lejos de un Padre amador, como decían que era.
No comprendía por qué no me amaba cómo era. Por qué me creó de una forma para pedirme ser otra. No comprendía muchas cosas... tantos dogmas y exigencias de un Dios que decían bondadoso y misericordioso. Y me fui insensibilizando al amor... Y la insatisfacción comenzó a hacer su trabajo. No conseguía enamorarme... y yo quería enamorarme. Creer de verdad.
Y me cansé de buscar o encontrar lo que no llegaba. Y me fui sometiendo a un cumplimiento sin corazón. Con ganas y sin respuesta. Dios permanecía en silencio.
Y yo quería tanto que me amara... y amarlo. Pero me fui resignando.

El hijo menor

Y también me fui haciendo hijo menor, independiente e individualista, dueño y señor de mi vida. Creía que mi salvación dependía más de mí misma y mis acciones. Y con mi herencia de doctrinas y creencias me marché a buscar una mejor vida. A encontrar mi propia vida y mi identidad, en medio de tantas doctrinas que me querían hacer dependiente y obediente a un Dios que no comprendía, y al que no me quería esclavizar. Peleaban mi herencia y mi individualismo. Mi dependencia de su herencia, y mi independencia. Mis temores con mis deseos. Mis necesidades aparentes con las otras más profundas. Lo que me habían enseñado tenía que ser, con lo que era y quería ser. Ya no sabía quién era. Pasaba de encuentros casuales, a distancia e indiferencias. No lograba hacerlo vida permanente, más allá de un esfuerzo intelectual o emocional.
Y después de vagar mucho... un día comprendí que no tenía pertenencia, que mi vagabundeo me dejaba vacía, que estaba sola, que no era feliz... tenía hambre. Estaba cansada. Que no lograba liberarme de ese Padre, ni tampoco someterme. Vivía a medias entre ambos. Y estaba muy cansada y cerca de la desnutrición.
Rezaba, rogaba, pero siempre el silencio. Y mi sordera.
Y me acordé de mi Padre y su hogar, de tantas palabras de amor, de experiencias con El, de aquello que me habían enseñado, de hartos momentos lindos, y me pregunté por qué debía vivir todo eso si El me había prometido que me cuidaría y velaría por mí.
En mi pobreza de todo, sobre todo de sentido y pertenencia, sentí nostalgia. Nostalgia de Padre, de amor, de sentido, de Dios, de Jesús, de identidad. Mi ser profundo exigía atención, quería sentirse amado. Con hogar.
Un día... empecé a conocer su Palabra y a meterme más de lleno en mi búsqueda. Me costó mucho... fue difícil contrastar mis creencias de siempre con su palabra, fue difícil sentirme amada y creer en sus promesas de amor, fue aún más difícil hacer reales sus promesas de libertad. Me sentía exigida, obligada, demandada... y muy lejos de mi verdadero ser. El amor no llegaba.
La palabra me hablaba de amor y aceptación, la doctrina siempre me decía que había que ser o hacer... para ser amada.
¿Era gratis o era condicionado el amor a mi buena conducta?
Y las preguntas se multiplicaban...

"Volver en sí"

Y el hijo "volvió en sí" dice la parábola.
Fui a retiros en mi búsqueda y lentamente en cada uno empecé a ver un poco más... A darme cuenta que no me sentía de verdad amada... me enfrenté a mis miedos, rabias, demandas, a mi rencor, desconfianza, etc. Fueron muchos los demonios que aparecieron. Y el Padre lentamente, casi como la brisa de Elías, me fue contando de su amor... y fueron cayendo mis defensas. Fue duro y difícil botar mis defensas y aparentes seguridades de toda la vida... me fui vaciando de creencias y doctrinas que conspiraban con ese amor que prometía. Pero también me fui quedando vacía...
Y tuve una gran crisis personal. Muchas cosas me ocurrieron internas y externas... Me sentía perdida, sola, abandonada... había caído lo viejo, pero lo nuevo aún no emergía... Allí recién empecé a comprender sus palabras de morir para nacer, o nacer de nuevo... y el nuevo nacimiento, que yo quería ver y sentir, no llegaba. El embarazo se hizo largo y difícil. Para mi fue un largo proceso... Me tocó enfrentar muchos demonios... o males que me alejaban del amor, de Dios y de mi ser.
Y entremedio también consolaciones o grandes experiencias de Dios.
Y lentamente fui "volviendo en mí", fui aceptando el que me amara. Y me costó mucho. Fui reconociendo mi herencia, mi identidad, mi pertenencia, mi hogar. La Palabra de Dios fue clave en ese proceso de muchos años. Y me equivoqué mucho también, buscando desesperadamente me amaran otros como ya vislumbraba me amaba Dios. Y me costó mucho comprender que allí donde no me sentía amada y no me amaba, nadie me podía amar. Ni siquiera Dios.
Hasta que llegué como el hijo menor al sin sentido total, a querer la comida de chanchos que se me negaba, a darme cuenta que me había ido lejos de mi Padre, de mi misma y de los demás. Y, en esa nada, sólo pedía volver a la casa del padre y que me dieran alimento, calor y vestido. Me quedé pobre, pobre.
Ya no tenía nada, sólo tenía hambre y sed... y hasta mis creencias y mi fe las entregué. Me rendí. Que pasara lo que pasara, me dije.
Solté todo.

Un abrazo de carne y hueso

Y sorprendentemente en esa renuncia, me empezaron a llegar muchas bendiciones.
Empezaron a pasarme muchas cosas, cosas casi imposibles... inefables, sencillas y grandes,... en ellas fui "viendo" y reconociendo el abrazo del Padre que me acogía, me ponía las mejores ropas, hacía una fiesta en mi honor... Empecé a experimentar gozo en momentos en que nada o muy poco tenía. Certeza y pertenencia en medio de mucha orfandad. Y, sobre todo, una dignidad que jamás había experimentado en mi vida. No tenía nada y me sentía digna y amada.
Conocí la gratuidad. Y me fue penetrando y se fue haciendo permanente.
No sé cómo pasó, simplemente pasó. Lo que siempre anhelé, enamorarme de verdad y sentirme amada, pasó.
Lo más increíble es que el amor "se hizo carne" a través de muchas personas, de las más simples, de otros pobres, más allá de creencias y religiones, era el amor y la amistad porque sí. Gratis. Por una simple mirada, una simple palabra. Rostros de ese Padre. Y comprendí muchas cosas del amor también. De su misterio, más allá de racionalizaciones y sentimentalismos. Me llegaba a raudales sin buscarlo, ni pedirlo.
Y no me dí mucho cuenta tampoco en el momento en que el Padre me abrazó, besó, vistió e hizo esa fiesta en mi honor. Mi ser interno fue el que fue recibiendo todos esos regalos. Y que se hacían carne también. Tal vez allí fue mi verdadera conversión. Sin buscarla, me llegó. Tras haber buscado toda mi vida, cuando renuncié, llegó. No como esperaba, no en mis convicciones, no en mis estructuras, no en mi control.... Solté y fueron pasando.
Esa es mi experiencia. No sé cómo hacer que lo hagas vida. Sólo te puedo contar que es más real que muchas de las cosas que tocas con tus sentidos, y que afecta mucho más que cualquier afecto. Y que pidas, pidas y ruegues, y no renuncies hasta sentir ese abrazo del Padre... que es real... pero que hay que estar tan necesitado como para dejarse abrazar.
Comprendí que lo que más nos cuesta es dejarnos amar, abrazar, tocar. Siempre estamos empecinados en amar, y la grandeza está más en dejarse amar. Porque mientras se ama seguimos siendo grandes y controlando, cuando nos dejamos amar estamos desnudos y ya no controlamos nada, ni siquiera a nosotros mismos. Es la indigencia total de quien reconoce su pobreza, aquella que ya sabe que sus esfuerzos son vanos, que sus desvelos son nada si seguimos vestidos... Es desnudos que nos dejamos abrazar por Dios y vestir por Dios.

El Padre pródigo: la fiesta y el vestido

Fueron claves en esos momentos esta parábola llamada del hijo pródigo y la lectura de Adán y Eva desde este amor y gratuidad de Dios. Es muy diferente leerlo desde la doctrina, que desde la experiencia de ser, como el texto dice, vestidos por Dios. Que es lo mismo que el abrazo y la fiesta del Padre a ese hijo "perdido" que fue en busca de su identidad y sentido de su vida. Y que como dice el texto se llevó la "herencia", y aunque la malgastó, no logró borrar la imagen y semejanza de Dios que era, ser hijo de su padre. Al final esa herencia es el seguro que Dios nos dejó para que siempre anhelemos volver a eso que más somos, a ese Espíritu que nos anhela y que compartimos con El. Es un Dios celoso porque no ceja hasta que descansemos en Su abrazo de Padre, en Su acogida y hasta que reconozcamos esa herencia, la imagen de Dios que somos, que todos llevamos y que nos anhela. Un Dios celoso que no ceja hasta vernos felices y amados.
Con ese vestido de Si Mismo con que Dios nos vistió al crearnos.
No es celoso para esclavizarnos; es celoso para liberarnos de nuestros miedos y sentimientos de abandono y desamor. Tal como dijo y vino a hacer Jesús.
Es todo lo que te puedo contar. No tengo receta... sólo te puedo compartir mi experiencia. Y que la mía te lleve a buscar la tuya propia, en tu propia historia y vida, la tuya única, hasta que toques tu más hondo anhelo y herencia, y desde allí ser abrazado y vestido por el Padre. Hasta sentirte de verdad hermano de Jesús, hasta poder hacer propias sus palabras respecto a su Padre, a Si Mismo y a sus hermanos.
Partimos en la fe... en un anhelo... en un celo que nos guía..., pero se hace carne. Ese es el sentido de la encarnación, que sigue ocurriendo hoy, en cada uno, y a nivel de la humanidad. La encarnación no ocurrió hace 2005 años, sigue ocurriendo hoy en nuestra vida. En cada hombre y mujer. En cada uno. En esa imagen de Dios que cada uno es. Y que también es el rostro de Dios.
Jesús no es para imitarlo, es para encarnarse en nuestra vida, es decir, hacer carne en nosotros todo aquello que el sentía y pensaba y hacía. Y lo más hondo de su identidad, lo que lo impulsaba, era el amor y la pertenencia al Padre, con el que se sentía Uno. Y predicar a Jesús venido en carne, es predicar lo que El mismo predicaba: que somos uno con el Padre, somos su imagen, y que el Padre quiere a cada hijo poder dar ese abrazo y vestirlo de Sí Mismo. Y a todos sus hijos en comunidad. Para que cada uno pueda abrazar a otro, ese es el rostro de Dios hecho carne. El Reino de muchos que se dejan abrazar, y por eso abrazan. Es en intimidad y en comunidad.
Yo no te puedo ni quiero convencer de nada. Sólo creo que hay que morir a nuestras falsas caretas, y contactarnos con ese hambriento y desnutrido que todos llevamos dentro, y con ese cumplidor sin corazón que también somos. Y pedir, anhelar y buscar el amor de verdad. Que nadie puede satisfacer, sólo Dios. Y te lo digo, porque busqué ese amor en muchas partes, hasta que por fin pude descansar en sus brazos de Padre. Y desde ahí he podido amarme, recibir el amor, y empezar a hacer el fascinante y difícil camino de amar a los demás con Su amor, porque el mío es demasiado pequeño para eso.

6 Comments:

Blogger Gabriel said...

Gracias Pilar; me tomo lo de amigo y agradezco tu generosidad de compartir tu experiencia y mensaje.
Un abrazo.

5:12 a. m.  
Blogger Andrea Brandes said...

Pilar
Ayer fuí a un matrimonio, a la Iglesia de Campus Oriente. No entraba a ese lugar desde los días de la universiad, hace tantos años... En medio de la misa, me puese a pensar en tí, y, aunque parezca un poco loco, te tuve presente durante toda la ceremonia. Acabo de leer tu texto, que es precioso, en contenido y forma. Intuyo un proceso personal de trabajo espiritual de muchos años.
Voy a releer tu texto, porque contiene tanto, que lo voy a ir "desmenuzando" de a poco. Lo que me queda claro desde la primera lectura, es que el encuentro con Dios es un camino personal. Los párrafos: "el hijo mayor" y "el hijo menor", describen con una prosa hermosa la conducta de muchos de nosotros. Yo tengo que conceder que soy ua mezcla de ambos.
Uno de los "descubrimientos" del último tiempo, para mi, ha sido el tema de como las emociones permean nustro comportamiento. Es decir, no
sólo nuestra cabeza tiene algo que decir. Leyendo tu texto, se me devela el hecho de que tengo amputada la espiritualidad.

Gracias por tu texto precioso!

9:25 a. m.  
Blogger Andrea Brandes said...

Me acabo de dar cuenta que el texto lo escribiste el 16 de Noviembre, el día de mi cumpleaños.
Que buen regalo me has hecho!

9:27 a. m.  
Blogger Miguelángel said...

He estado leyendo tus notas, y , verdaderamente me sorprendes, porque lo que escribes tiene mensaje y profundidad, en que resulta obvio, que no es un momento de inspiración, un impulso creativo, más bien, parece ser el resultado de un camino, un trabajo espiritual de muchos años.
No me he atrevido a comentarte nada, porque me declaro agnóstico, sin embargo, he asistido a muchas ceremonias religiosas, dada mi condición de Kappelmeister, esto es, organista de Iglesia, Tu voz me suena como la música de Bach, llena de mística, la fuerza de Dios está allí, me resulta gratificante. Voy a seguir leyendote con mucha atención,

9:10 p. m.  
Blogger Ela said...

Hola Pilar!! me tope con un monton de cosas las cuales me dieron como puñaladas al corazon; simplemente por ser VERDADERAS. Tuve la gracia de conocer ese abrazo acojedor del Padre, lastimosamente es de humanos el dejarse llevar por tantas cosas que estan lejos de el. Buscando respuestas en reflexiones creo que la tuya me dio de una forma esquisita la ideal, ojala sigas llenandonos con mas realidades con tus simples palabras. Mis bendiciones para vos.

10:37 p. m.  
Blogger saba said...

pili, sigue extrayendo de tu experiencia la verdad inefable del universo a la que todos tenemos derecho.
gracias

6:17 a. m.  

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